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febrero 2007
Obesidad-plus.com
Sauna contra el estrés
Los baños en la Antigüedad


Hoy en día tendemos de quejarnos de todo: desde el calentamiento global hasta el aire acondicionado en la disco o el calor insoportable en el metro... ¿Y qué es lo que hacemos para desmantelar este disgusto causado por las diferencias entre nuestro calor corporal y éste del entorno? Meternos en la sauna, delirando de placer, derritiéndonos en esta salsa, que en cualquier otra situación encontraríamos incómoda y hasta molesta.

El baño seco o de vapor tiene su raíz en el mundo antiguo
 
Pioneros en la disciplina fueron los antiguos egipcios, griegos y romanos. Ellos acudían a ese hábito de aseo personal no solo para sacar el brillo del cuerpo y refrescarse sino con fines religiosos y curativos. En la tierra de los faraones, por ejemplo, los baños se hacían con agua y aceites o ungüentos perfumados, que solo los sacerdotes sabían preparar. Se creía que las recetas y los ingredientes eran saberes transmitidos por el dios Thot. Estos aceites humectaban y protegían la piel de la sequedad y el calor propios de aquel clima. Aun que la ceremonia era un lujo y entre las clases más altas servía para presumir de tener muchos esclavos, ningún egipcio se privaba de su baño diario. Hasta el más pobre sabía humectar su piel con aceite de ricino, mezclado con menta y orégano.

Pocos eran amantes de los baños en antigua Grecia

Se consideraba antinatural lavarse a menudo, ya que eso privaba un atleta de su olor fuerte, y ¿qué sería de un hombre musculoso sin la esencia de su sudor? pensarían los que inventaron los juegos Olímpicos para honrar la fuerza y el espíritu del ganador. A pesar de ello sabemos que no había fiesta de lujo que no incluía una sesión de baño para los invitados. En un salón especial se los lavaba y untaba con aceites de nardo, rosas, almendras y azafrán.

Los romanos, sin duda, son los que más se acercan al moderno concepto de sauna. Famosos no solo por sus termas y acueductos, sino por ser tan sibaritas, ellos

montaron imponentes baños públicos donde cabían 2.500 personas

En estos "templos del aseo" entraban sin sus túnicas y cumplían con exactitud el procedimiento, paso por paso. Primero se bañaban con agua fría, después con agua tibia y luego pasaban al "caldarium", una especie de sauna que provocaba abundante transpiración. Una vez fuera del recinto, se dejaban en las manos de unos servidores, que tenían que limpiarlos del sudor, depilarlos, distender sus músculos con un masaje y perfumarlos con aceites esenciales. Finalmente, el romano se cubría con su manto bien caliente y se frotaba la frente con un pañuelo de lino, para quitar los excedentes de estas sustancias. De ungüento utilizaban un preparado de cañas aromáticas, miel, canela, azafrán y mirra.

 

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